Fue violada por su padre desde los 12 años. Tuvo con él cinco hijos. La amenazaba con matar a ella y a los chicos si lo denunciaba. Su novio sabía y con el progenitor “se ponían de acuerdo y se acostaban conmigo una vez cada uno”.

Que Alicia Beatriz Campos es una víctima no sólo se percibe en su relato, en esa descripción casi deshumanizada que hace de las atrocidades que cometió su padre desde que ella tenía 12 años. Que es víctima también se ve en los dedos negros de sus pies descalzos, en su sonrisa vacía de dientes, en su octavo embarazo a los 27 años. Su condición es carne viva en cada rincón del galpón ferroviario donde (sobre) vive, en las cuatro camas para siete hijos, en los perros sucios que entran y salen, en las palomas que comparten el techo decorado con telarañas, en las cientos de moscas que revolotean por nuestras cabezas, en las panzas infladas y en los mocos blancos de sus chicos. También, en el poster de San Cayetano que cuelga torcido de una pared.

De hecho, es posible que Alicia Beatriz Campos haya nacido víctima. El aberrante abuso al que la sometió su padre, Omar Figueroa (56 años), durante más de una década y los cinco hijos que tuvieron juntos son la gota macabra.
No se percibe en Alicia algún rastro de pudor, ni de dolor, ni de verguënza, como si ignorara la gravedad de lo que le ocurrió. Sin embargo explica, como puede, que lo que la mantuvo en el silencio siempre fue el miedo: “Pasé más de diez años aguantando todo. El me amenazaba, me decía que no le diga a nadie”.

Alicia Beatriz debió llamarse Marina Mercedes. Un poco se llama así, pues en La Cañada y también en Jume Esquina todos la conocen por ese nombre. Alicia, o Marina, tiene tres años más de los que dice el documento. “Nací el 3 de noviembre de 1983 y me anotaron el 5 de julio del 86”. Es decir, su padre la violó por primera vez a los 12 biológicos. Y su primer hijo, que según la Justicia no es de su padre, lo tuvo a los 15.

Ella dice que nadie en el pueblo sabía. Salvo ella y su novio, “El Flaco”, que lejos estuvo de pretender denunciar a su “suegro”. “Sabía porque mi papá me dejaba encamarme con El Flaco sólo si me acostaba también con él. Ellos se ponían de acuerdo y se acostaban conmigo una vez cada uno”, revela mientras se agarra la panza donde crece en su sexto mes su octavo hijo de un tercer o cuarto padre, no sabe bien. “Es que yo creo que uno de mis chicos, el de seis años, es hijo de mi primo, que también fue mi novio. Pero él dice que no, porque se cuidaba.

“Mi papá no se cuidaba, quería tener hijos conmigo”, explica lo inexplicable, desconociendo que la Justicia, a través de la prueba del ADN, determinó que ese niño –que padece desnutrición y un problema renal– es uno de los 5 hijos de su abuelo.

La primera vez con su padre fue a los 12. “Me dijo que quería enseñarme a encamar para que ningún hombre me molestara Yo tenía miedo, no sabía lo que era eso pero sí o sí tenía que entregarme. Después siguió y a veces quería hacerlo todos los días. Yo le decía que cuando estaba la mami en casa, no”, cuenta. Pero la mami se fue. Y su padre siguió.

La presencia materna parece no existir. Su madre la dejó sola con Figueroa cuando ella cumplió 17; se fue a trabajar a Santiago capital. Mientras la Justicia investiga la implicancia de su madre, Alicia admite que sí, que ella cree que era, de alguna manera, cómplice : “Ella hacía como que no sabía, pero yo creo que sí sabía, se daba cuenta, me dejaba con él”.

Alicia tiene dos hermanas y un hermano mayores. Según cuenta, de la única que abusaba su padre era de ella. “No sé qué le pasa conmigo. No sé qué pensar.

2El no veía la hora de verme, estaba como enamorado”, trata de entender. “Quería que yo viviera con él nomás. Y cuando yo andaba con otro, se ponía como fuego y amenazaba con matarme y con matarse y con matar a mis hijos”, sigue, y de repente hace silencio, se pierde en los caballos huesudos que comen los yuyos al costado de los cadáveres ferroviarios, se ríe porque un cachorro quiere morderle los tobillos a un potrillo.

Fue una de sus hermanas la que la ayudó a desatar el nudo del miedo y entonces Alicia fue a la Policía y habló. Y vio cómo su padre quedaba preso el mismo día de su cumpleaños real número 26, el 3 de noviembre de 2009. “El pensamiento mío es que siga quedando preso.

“Me da miedo que lo suelten, él capaz que no me molesta más, pero va a venir, más que aquí estoy sola. Voy a estar más tranquila si sigue él en la cárcel”, termina por reconocer esta mujer desocupada que vive de los mil pesos que recibe del Estado por tener 7 hijos.

“Ahora los chicos preguntan por él, lo quieren ver”, cuenta. Ante la pregunta, Alicia aclara que los chicos creen que su padre no es su padre, es decir, su abuelo. “Pero algún día les voy a tener que decir, para que dejen de preguntar”, ríe tímida o nerviosa o desconociendo lo que dice.